
Caminan en silencio, pero su cara lo dice todo. Inician la marcha en una base de la Cruz Roja clausurada de forma simbólica, con cintas amarillas de las que suele colocar la policía en la escena de un crimen.
Al frente ambulancias de Culiacán, Navolato, Costa Rica, Eldorado y Quilá con la sirenas encendidas, pero las torretas cubiertas con mantas negras en señal de dueño.
Enfilan hacia la avenida General Álvaro Obregón y la recorren a paso lento, ante la mirada de los transeúntes y automovilistas que ceden el paso.
Los curiosos se preguntan qué pasa, y basta ver los rostros de los socorristas y el moño negro que portan en el brazo para entender.
Ningún socorrista habla, ninguno hace comenta nada, sólo sus rostros que no pueden expresar más dolor. El único ruido es el llanto de las ambulancias.
En cuanto llegan a Catedral se forman en la escalinata y uno a uno se tiran al piso simulando personas muertas.
Con un pincel y pintura color rojo, uno de ellos marca gotas en el estandarte de la Cruz Roja. Son las gotas de sangre que han manchado a la institución.
De pronto se activa el altavoz de una ambulancia y explican a la ciudadanía el momento de la protestas. Piden también su comprensión y apoyo.
Sacan pancartas y piden justicia y seguridad, mientras permanecen inmóviles esperando que la sociedad se entere de su clamor. De ese grito de "más seguridad" con el que tienen mucho tiempo y no ha sido escuchado por las autoridades.
"Ya mataron a uno de nosotros, ahora qué van a esperar, que maten a más para que nos den seguridad", dice uno de los paramédicos con la voz entrecortada.
El grupo permanece por más de media hora y toman de nuevo la Obregón para enfilar hacia la funeraria donde permanecen los restos de Genoveva, la mujer que dio su vida por salvaguardar la de los demás, por puro gusto, sin recibir un solo peso a cambio, sólo la satisfacción de ayudar.
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